miércoles, 30 de enero de 2008

Quique da las órdenes?


Por qué no te sacás toda el agua que metiste adentro pabote?!?!?...
Eso parece estar diciendole a Pancho. Pero lo cierto es que el muy piola fue el primer "¡Hombre al agua!" de la temporada...
El azote del viento y la inseguridad del timonel hacían inestable a la pequeña embarcación que recorría el lago. Era ésta bastante pobre, estaba ésta bastante castigada, no tanto por sus años como si por el constante maltrato a la que había sido sometida por el devenir de personajes (y qué personajes!!) que la habían abordado desde aquel día en que fue botada.
Los protagonistas de hoy no eran una excepción... Un viraje repentino y tal vez apresurado, improvisado por aquella tripulación no menos improvisada, provocó la pérdida del elemento fundamental: el balde.
Creo no necesaria la explicación, usted lector sabe tanto como yo en qué clase de circunstancia nos encontramos. El hecho de que un objeto que reposa en cubierta salga despedido, implica un estado pobre de flotabilidad, fácilmente comprobable al observar el ángulo que este tipo de pequeña embarcación describe, sobre la línea de flotación, en momentos de riesgo. Dominar la situación con un ángulo de inclinación superior a los 60º no es para cualquiera, sobretodo cuando tiende a incrementarse, provocando un paralelismo entre el agua y la vela.
Digamos que ésto último, la ortogonalidad, nunca ocurrió (tal vez sea cuestión de prefijos). Aunque la línea de flotación ganó pronto la cubierta, el peso del oleaje hizo retornar la perpendicularidad del mastil respecto del agua; la suerte y el destino saben ir de la mano.
Le podría decir que un brioso marinero se arrojó al agua con vehemencia a rescatar al elemento irremplazable... pero estaría mintiendo. En realidad un enclenque marinero fue arrojado con vehemencia y obligado a recuperar dicho elemento. Condenado luego, por escacez de reflejos, a seguir a nado la estela del navío en su camino al muelle.